martes, 2 de octubre de 2012

ZORITA





El castillo


sobre el pueblo casi deshabitado.





El castillo,

desmoronándose.





El castillo.





Me dicen que no debo subir, que es peligroso.

Subo.







Sé que no puede ocurrirme nada malo


porque me protegéis todos vosotros.







Viejos guerreros regidos por dictados


de otros tiempos,

dejad que me quede con vosotros.











Dejad que me quede aquí junto a vosotros


vigilando las aguas del Tajo.









Aquí, en lo alto de la peña,


velaré con vosotros, rezaré con vosotros, con vosotros

veré pasar los siglos, veré derrumbarse los muros,

seré presa del mismo olvido que os abatió a vosotros.









Acogedme como se acoge a un viejo camarada.


Hacedme sitio en vuestra austera mesa.











Sé que ya nadie se acuerda de vosotros,


queridos compañeros de tiempos pretéritos,

como tampoco nadie se acuerda ya de mí.







Para venir a veros, rompí todos los lazos,


quemé todas las naves,

cegué toda posibilidad de regreso.







Camaradas, soy un guerrero más.


He dejado mi casa, mis amigos,

para unirme a vosotros.











Despojada de todo, he llegado hasta aquí


para luchar con vosotros esta lucha anticuada.

Lucha que ya es sólo polvo, sólo ruina,

piedra desgastada.












Junto a mis camaradas


contemplo la caída de la tarde.









Nos rodean


cientos de mariposas amarillas

que en sus alas recogen

el resplandor más dorado del sol.







Nos sentamos sobre las losas rotas


a presenciar el espectáculo diario

del crepúsculo

reflejándose sobre el agua del río.







Las golondrinas


tejen con hilos invisibles entre los restos de arcos.





Unas pocas nubes inofensivas

se vuelven rosas, anaranjadas, cárdenas.

Una minúscula florecita blanca

concentra en una grieta la última claridad.





Compañeros. Amigos.

Con vosotros velaré esta noche

la llegada de enemigos antiguos

y al alba, cuando nos despidamos,

seré uno de vosotros

ya para siempre.


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