viernes, 2 de noviembre de 2012

PASTRANA, II



Cuando se busca alojamiento en Pastrana,
ninguno parece tan atractivo como la Hospedería Real.
Un hotel ubicado a 2 kilómetros de la población,
en un hermoso valle,
en un antiguo edificio que fuera convento carmelita.
El convento de San Pedro,
fundado por Santa Teresa de Jesús en 1569.
Un edificio imponente.


En sus inmediaciones se halla la ermita de San Pedro,
en el lugar donde hubo varias cuevas habitadas por ermitaños,
que se hundieron por un movimiento sísmico.
Y en su jardín se conserva la gruta
a la que San Juan de la Cruz se retiraba a orar,
así como la primitiva morada de Santa Teresa,
en cuyo sótano pueden verse
restos de calaveras incrustadas en la pared
– quizás de antiguos anacoretas –.
Sombríos refugios de santos y eremitas.


A media tarde, he recibido una llamada de la Hospedería
para que les confirmara mi llegada.
No es lo habitual, que los hoteles llamen a los clientes
para asegurarse de que éstos van a llegar.
Me digo que quizás no quedan habitaciones libres
y necesitan alguna.


Sin embargo, lo primero que me extraña al llegar
es que da la impresión de que no hay ningún otro huésped,
puesto que el aparcamiento está vacío.


En la recepción tampoco hay nadie.
Tras hacer sonar el timbre y esperar un rato,
aparece un chico.
Un muchacho desaliñado,
en chandal y viejas zapatillas de casa, sin afeitar.
Parece costarle un poco entender lo que se le dice.
Aunque tengo hecha una reserva,
y me han llamado esa misma tarde para confirmarla
(creo que ha sido él mismo quien me ha llamado),
me observa como si le sorprendiera mi llegada.
Todo lo hace muy despacio:
Comprobar la reserva, darme la llave…
Habla despacio… Creo que piensa despacio…


Finalmente, consigo habitación
y me dirijo a las escaleras.
No hay ascensor.
Eso no me importa,
puesto que se trata de un antiguo convento.


La primera impresión de las instalaciones no es mala:
El área de recepción (sin tener en cuenta al recepcionista),
el amplio corredor, el dormitorio…
Todo está decorado con tapicerías y cortinajes,
un poco raídos, pero, después de todo, me sigo diciendo,
se trata de un antiguo convento…

Hay algo, sin embargo, en el ambiente,
que produce cierto desasosiego.

Ya en la habitación, compruebo su estado:
La puerta no cierra bien,
el aspecto del cuarto de baño es lamentable,
las sábanas, bajo las mugrientas colchas, parecen usadas,
el televisor y el aire acondicionado no funcionan,
el cristal de la ventana está lleno de manchas,
hay telarañas, insectos aplastados
y montones de polvo enredado con pelo en los rincones…
Se trata de un antiguo convento, pero…


Como no hay teléfono ni siquiera para llamadas interiores,
bajo a recepción para quejarme.
De nuevo, he de esperar un rato para que aparezca
(caminando lentamente) el chico.

Le explico que la habitación no está en condiciones.
Me observa sorprendido, desconcertado, abstraído.
No sé si me ha entendido
o si está absorto en algún pensamiento.
No obtengo ninguna reacción.

Felizmente, en ese momento aparece un hombre
que dice ser el administrador.
Se presenta con mucha solemnidad,
como si fuera el señor de palacio
dando la bienvenida a sus invitados.
Le acompaña otro hombre.
El administrador me lo presenta como el maître,
pero su aspecto es más bien de facineroso.

El administrador se interesa por mis quejas
y, solícito, se ofrece a darme una solución:
Como resulta que no hay nadie más alojado en la hostería,
puedo elegir habitación.

Sorprendentemente, el administrador, el maître y yo
emprendemos una especie de recorrido turístico
por las distintas plantas del hotel.

Mi desánimo va en aumento.
Cada habitación está en peores condiciones que la anterior.
Algunas me las enseña el administrador
advirtiéndome de que están “sin arreglar”,
pero que si cualquiera de ellas me gusta
el maître me la prepara en un momento.
El maître, por lo visto, también hace las camas…

Pasamos por pasillos con las luces fundidas.
El administrador le indica al maître que reponga las bombillas.
Mientras recorremos las lóbregas instalaciones
el administrador me va explicando sus excelencias.
Pero sus palabras contrastan crudamente con la realidad.
Con grandes llaves, abre, sólo para enseñármelas,
grandes salas sombrías y destartaladas
que, según él, se utilizan para ocasiones especiales.
Todas ellas parecen tenebrosos almacenes de muebles
cubiertos de polvo.
El administrador sigue dando instrucciones al maître
para que repare desperfectos con los que nos vamos encontrando.
El silencioso maître parece ser chico para todo.

El administrador me insiste en que,
si opto por una habitación que esté en la planta alta,
el maître me subirá la maleta.
El maître, además de chico de mantenimiento,
es también botones.

Terminado el recorrido, opto por no cambiarme de habitación,
puesto que no he visto ninguna en estado aceptable.


El administrador se despide, ceremonioso.
Tiene que irse a Madrid, me dice.
Me agradece mi llegada y mi comprensión,
me desea una feliz estancia
y confía en que vuelva en alguna otra ocasión.
Tras él marcha el maître, con cara de pocos amigos.
Yo entro en mi habitación.
Al rato, llama a la puerta el maître,
para traerme el papel higiénico y las toallas
que les he dicho que faltaban.
Un rollo de papel empezado;
unas toallas grisáceas…


Deshago la maleta y, con cierta aprensión,
cuelgo la ropa en el armario.
Entre unas cosas y otras, se ha hecho bastante tarde.
Bajo a cenar.
Pregunto al recepcionista por el comedor
y el chico, sin perder su expresión de pasmo,
me acompaña, servicial, hasta una enorme sala desierta.


Me siento y al poco llega el maître.
No hay carta, porque sólo hay un menú:
Patatas y trucha.
El maître, para hacerme saber cuál es la única colación posible,
se ha revestido de cierta pomposidad,
aunque su aspecto despierta dudas
respecto a la calidad de la comida.
Acepto, resignada, y pido una cerveza.
No tienen.
Creo que es la primera vez en mi vida
que estoy en un restaurante en el que no hay cerveza.
Bueno, pido vino
y el maître me pone una copita de vino innominado
y se marcha a preparar la cena.
Afortunadamente, también el recepcionista,
que hasta ese momento ha permanecido en la puerta,
observando pasmado,
se retira.
Me quedo sola en el enorme comedor desierto.
El escaso vino que me ha servido el maître no me reconforta.
Me siento abatida y engañada.


Como sin demasiado apetito parte del refrigerio
bajo la torva mirada del maître,
que, reconvertido en camarero,
aguarda en un rincón a que termine.
Se me pasan por la cabeza ideas extrañas:
el recepcionista y el maître son personajes perfectos
para una película de miedo.


Tras dar por terminado el triste condumio,
salgo un rato al jardín para despejarme.
De noche, Pastrana parece un lugar muy distante
y la “Hospedería Real”, solitaria y oscura,
perdida en el valle,
atendida por aquellos dos seres malcarados,
cobra un aspecto amenazante.


Finalmente, subo a mi habitación.
Y, una vez en ella, decido que a la mañana siguiente
reharé la maleta y me trasladaré a cualquier hostal del pueblo.


Pero aún queda una noche por delante.
Una noche en ese siniestro caserón
deshabitado y apartado del pueblo.
No sé si la pareja de posibles maníacos
pernocta también en el hotel
o si se han ido y me han dejado sola,
con las puertas del caserón abiertas,
en medio de las tinieblas del campo.


Estoy cansada,
así que me decido a meterme entre las sábanas,
que además de arrugadas resultan estar agujereadas,
pero dejo la lámpara encendida,
confiando en que la luz mantenga apartados
a posibles bichos;
a saber qué clase de alimañas
pueden ir surgiendo de la oscuridad...
Durante toda la noche la cisterna del baño no cesa de hacer ruido.


A la mañana siguiente, bajo a desayunar
y es el mismo recepcionista el que me atiende:
Me sirve una loncha de jamón de York de la peor calidad,
pan sin tostar, porque, me dice, la tostadora se ha estropeado,
y un café con leche tibio;
le pido zumo de naranja, pero no tienen.
El chico ha sacado de una bolsa de plástico
un par de rebanadas de pan de molde
y las ha colocado en un plato;
me pregunto por el estado de limpieza de sus manos,
pero prefiero apartar la idea de mi cabeza.
Me tomo el café y un trozo de pan
bajo la vigilancia del pasmado recepcionista
y subo a hacer la maleta con creciente prisa.
De repente, se me hace insoportable seguir allí más tiempo.


Pido al recepcionista la cuenta
y el chico ni siquiera me pregunta por qué he cambiado de opinión
y me voy varios días antes de lo previsto.
Podría presentar una reclamación,
pero lo único que quiero es salir de allí lo antes posible,
dejar atrás la atmósfera asfixiante
de aquella casa del terror…

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