lunes, 23 de febrero de 2015

CARRIÓN DE LOS CONDES. Monasterio de San Zoilo




Carrión de los Condes se encuentra en el Camino de Santiago,
hacia la mitad de su recorrido por la provincia de Palencia.
Situada en la orilla izquierda del río Carrión,
marca el comienzo de Tierra de Campos hacia el sur.

Esta ciudad fue residencia de reyes
y capital del condado de los Beni-Gómez,
condes de los que habla la leyenda de Mio Cid.
Aquí nacieron importantes poetas,
como el Marqués de Santillana o el Rabí Don Sem Tob.
Llegó a tener trece parroquias y seis hospitales generosos;
el Codex Calixtinus dice:
«ésta es ciudad próspera y rica,
donde abunda el pan, el vino y la carne».

Durante el siglo X aparece ya documentada la existencia de Carrión.
En esa época, los condados eran circunscripciones
en las que el rey de León delegaba su poder
en un magnate de su corte, con carácter vitalicio y no hereditario.
Con el paso del tiempo, el título de conde
se convirtió en un cargo patrimonializado,
que asumieron algunas de las familias más notables.

Carrión había crecido rápidamente
y fue tomada como sede de los condes de la dinastía de los Gómez.

Este vínculo con un territorio estratégicamente relevante
por su carácter fronterizo entre Castilla y León,
un territorio disputado por castellanos y leoneses,
dio a la familia un considerable peso en ambos reinos.

***

Es compleja la historia de la familia Banu-Gómez (hijos de Gómez).

De estos condes ya hay noticias en el año 933,
relatadas por el cronista musulmán Ibn Hayyan, quien refiere
que los Banu Gómez y los Banu Ansúrez
proporcionaron ayuda a Alfonso IV el Monje
para recuperar el reino que había cedido a Ramiro II:
«se rebelaron los condes Banu Gómez y Ansúrez
contra su rey, el tirano Ramiro, hijo de Ordoño,
en apoyo de su hermano Alfonso,
con cuyo motivo habían atacado el llano de la capital leonesa,
matando a cuantos súbditos suyos hallaron
y pillando cuantos depósitos suyos alcanzaron».

El conde Gómez que menciona la crónica era Diego Muñoz,
hijo de Munio Gómez, que era propietario de heredades
en Valcuende (es decir en el valle del conde).

Los condes de Carrión tuvieron bajo su control extensos territorios.
Durante el condado de Gómez Díaz
(uno de los que se llamaron así, conocido entre los años 960-986),
su dominio alcanzó hasta la región de la Liébana.
Otro conde de Carrión, García Gómez, de 986 a 990,
aparece en diplomas referido así:
«Imperantem Garcea Comize in Legione»,
ya que dominaba todo el sur del reino de León.

Los primeros años del siglo XI,
la minoría de edad del heredero de la corona de León, Alfonso V,
fueron un tiempo conflictivo,
pues se disputaron la regencia dos magnates,
el conde Menendo González de Galicia
y el conde Sancho García de Castilla.

Hacia 1007 el conde de Carrión García Gómez se apoderó de León
y se tituló «comite in Legione».
Cuando Alfonso V asumió el trono, castigó al conde don García
por haber usurpado el gobierno del reino de León,
aunque sólo fuese con título condal,
y embargó sus propiedades mientras viviese.
Hacia 1013 murió este ambicioso conde carrionés.

En la primera mitad del siglo XI los Banu-Gómez
emparentaron con los Ansúrez, condes de Monzón,
creándose así un poderoso núcleo familiar.

***

En 1035 es mencionado un segundo conde Gómez Díaz,
hijo de Diego Fernández.

Gómez Díaz llegó a convertirse en uno de los magnates
más próximos a Fernando I, rey de León desde 1037.
Casó con Teresa Peláez, hija del conde Pelayo Froilaz el Diácono
y, por tanto, biznieta del rey Bermudo II de León,
nieta de Ramiro III y sobrina de la reina Sancha.

Don Gómez fue un personaje de gran importancia para Carrión,
pues a él se debió la construcción del puente medieval
que facilitó el paso de mercaderes y peregrinos.
Además, con él comenzó el favor de la familia
hacia el monasterio de San Zoilo.

*** 


Existía cerca de la capital condal, en la orilla derecha del río,
un cenobio bajo la advocación de San Juan Bautista,
fundado quizás a mediados del siglo X.
En una fecha desconocida, entre 1040 y 1050,
el monarca entregó al conde su patrocinio.
Los Gómez pronto lo convertirán en monasterio familiar
e incluso en eje de articulación territorial.

*** 


Gómez Díaz falleció en 1058.
Asumió el poder en Carrión su viuda, Teresa Peláez,
que siguió favoreciendo al cenobio,
hasta el punto de ser considerada fundadora de la nueva comunidad:
En 1076 la condesa entregó el monasterio familiar a los cluniacenses,
lo que conllevó transformaciones radicales en la congregación:
Se construyó una iglesia nueva, con ayuda de la condesa,
y en poco tiempo la comunidad fue una de las más prósperas
(El nuevo templo servirá de modelo para el de Frómista,
cuya edificación se propició como subsidiario de San Zoilo).

Esta donación a Cluny se enmarcaba en un proceso
de progresiva incorporación de monasterios privados
a los grandes establecimientos religiosos.
Significaba, además, un acto de apoyo
por parte de una de las familias más poderosas del reino leonés
a la estrategia propagandística impulsada por Alfonso VI.
Hasta este momento las cesiones a Cluny habían sido reales;
por primera vez se consigna una donación nobiliaria.

Se trataba, además, de un enclave estratégico,
en el corazón de Tierra de Campos
(como puso de manifiesto en 1072
la batalla de Golpejera entre Alfonso y su hermano Sancho).

Los Gómez estaban bien relacionados con reyezuelos musulmanes.
Fernando, el hijo mayor, pasó un tiempo con el rey de Córdoba.
Cuando regresó a su tierra natal, en torno al año 1070,
el musulmán le ofreció riquezas en agradecimiento,
pero Gómez las rechazó y le pidió a cambio
las reliquias de los mártires hispano-romanos San Zoilo y San Félix,
que llevó consigo a Carrión.


Las reliquias llegaron envueltas en ricas telas, que se conservan.
(Son dos piezas del siglo XI, una de fondo azul y otra de fondo rojo,
que se extrajeron en 2003 del interior de la arqueta del siglo XVIII
situada en uno de los laterales del retablo mayor de la iglesia;
la arqueta fatimí original está en el Museo Arqueológico Nacional
y es una pieza de marfil policromada fechada hacia el año 960).

Fue tras la llegada de las reliquias, en el tercer cuarto del siglo XI,
cuando cambió la advocación del monasterio,
que pasó de ser de San Juan a San Zoilo.


Esa dotación de reliquias supuso
la elevación del prestigio del centro monástico.
(Unos años después, hacia 1136, un monje franco llamado Rodulfo,
a partir de fuentes anteriores,
escribió la historia del soldado mártir Zoilo
y de la traslación de sus restos,
quizás por encargo del abad de Cluny, Pedro el Venerable;
pero el códice se ha perdido).

Hay quien ha visto en esta aportación de reliquias
un paralelismo emulador con respecto a la ciudad de León
y a su basílica, fundación regia a donde por los mismos años
llegaban desde Sevilla las reliquias del arzobispo San Isidoro.
Más aún teniendo en cuenta los estrechos lazos con la familia real
por parte de la condesa Teresa, sobrina de la reina Sancha.

La comunidad recibió importantes dotaciones
que hicieron del cenobio uno de los más pujantes del reino.

El monasterio se convertirá pronto
en centro religioso y político de primer orden.
Sirvió como residencia de reyes,
alguno de los cuales fue armado allí caballero.

Ante el altar de su iglesia románica se celebraba
la entrega del cingulum militiae o acto litúrgico de acceso a la milicia.
En 1169, el rey de Castilla Alfonso VIII,
al alcanzar la mayoría de edad, con catorce años,
hizo allí sus votos
(«desuper altare Beati Zoyli primus arma milicie sumpsi»).
Y, de sus propias manos y en el mismo lugar, en el año 1188,
recibió sus armas quien pudo haber sido su yerno,
Conrado Hohenstaufen, hijo del emperador Federico I Barbarroja,
y, unos días antes, su primo Alfonso IX de León,
que además prestó sumisión vasallática al monarca castellano
ante los magnates de Galicia, León y Castilla.

San Zoilo se constituyó en centro de peregrinación;
en pleno Camino de Santiago, se hizo famoso
por permitir a los peregrinos el consumo de pan y vino a discreción.

San Zoilo será el lugar escogido para la celebración
de Concilios eclesiásticos y Cortes del reino de Castilla.
En julio de 1188 se celebran Cortes y en ellas participan
representantes de las principales ciudades del Reino,
las primeras Cortes “democráticas” de la historia de Castilla.

En noviembre de 1219 contrajeron matrimonio en el monasterio
Fernando III el Santo y la princesa Beatriz de Suabia,
nieta de Isaac II Ángelo, emperador de Constantinopla.


Tras la cesión del monasterio a Cluny
y su conversión en priorato cluniacense,
la relación con los Gómez se mantuvo
y se tradujo tanto en donaciones
como en la voluntad de buena parte de ellos de ser allí enterrados.

*** 


El afán de memoria y prestigio de los Banu-Gómez,
una de las familias castellano-leonesas más pujantes desde el siglo X,
encontró su mejor expresión en la congregación cluniacense,
especializada en las exequias, en velar
por la memoria de los difuntos y por la salvación de sus almas.

La memoria escrita y visual de los condes de Carrión
fue codificada por los benedictinos de San Zoilo,
y quedó estrechamente ligada al ámbito cultural de Castilla y León.

Se ha dicho que en el mundo cluniacense no existe
una presencia del difunto tan estrecha
como la que se percibe en el área castellano-leonesa.

La monumentalización de un espacio litúrgico-funerario
en el occidente de la iglesia (zona tradicionalmente escatológica)
fue fórmula preferente de la monarquía astur-leonesa.
Los miembros de la dinastía condal, una vez más,
emularon la opción regia para ser recordados.
El orgullo dinástico de los condes
encontraba en ese espacio un medio de expresión de poder.


Se escogió para ello, en San Zoilo,
un sector ubicado en la fachada occidental del templo,
que los monjes de Cluny de toda Europa conocían como “galilea”
(del latín galilaea: atrio, pórtico; una capilla o vestíbulo
situado en el extremo oeste de algunas iglesias).
Espacio conectado con la liturgia de la muerte
y que evocaba la Resurrección de Cristo
y que además se integraba
en las intensas celebraciones procesionales cluniacenses,
en las que el poniente del templo adquiría un primer plano litúrgico:
en la galilea se realizaba un rito de purificación
antes de la entrada de la procesión en la iglesia.
La galilea se interpretaba así como una tierra de paso,
del sufrimiento a la resurrección.


Allí se fueron disponiendo las sepulturas de los condes,
que quedaban así asociados a la iglesia monástica.
Los condes protegieron y patrocinaron el priorato
y a cambio recibieron de éste la solemnización de su tránsito
en ese lugar especial denominado galilea.

*** 


Según las copias que se realizaron de los epitafios originales
(copias en las que se produjeron algunos errores),
el primer enterramiento se produjo en 1043
y correspondía a una noble llamada María.
Se ha apuntado que podría ser la madre del conde Gómez Díaz,
llamada en la documentación Marina
y quizá perteneciente al linaje Ansúrez de Monzón.


No se sabe si el conde Gómez Díaz
fue enterrado inicialmente en el cenobio,
pues su muerte se produjo con anterioridad
a la llegada de Cluny y la construcción de un edificio nuevo.
No se ha conservado rastro material de su epitafio.
No se sabe por tanto si el error en la fecha del óbito
(5 de febrero de 1057)
que figura en la copia del epígrafe por los monjes del siglo XV
es achacable a la reproducción a su confección inicial.
Consta en documentos que el conde aún vivía a finales de ese año.
Si existió un epitafio coetáneo a la muerte del conde,
debió ser todavía muy simple.
Seguramente la comunidad monástica no lo consideraría suficiente
para quien había sido su fundador
y con el tiempo compondría un epitafio laudatorio
en consonancia con la entidad del personaje.


Tras la muerte de su esposo,
parece ser que Teresa Peláez se incorporó a San Zoilo,
su monasterio familiar, sufragado por ella misma.
En el monacato hispánico las mujeres laicas podían
vincularse a comunidades de varones
mediante la relación de familiaritas,
que implicaba fraternidad espiritual y sumisión al superior.
Sin embargo, cuando diecinueve años después
el monasterio fue donado a Cluny,
la permanencia de Teresa en él no sería posible,
pues la nueva regla no lo consentía.
En casos similares, en otras órdenes,
a las viudas fundadoras se les permitía residir en una casa particular
en el exterior del recinto monástico,
como monjas pero sin sometimiento a la clausura.
Quizá fue el caso de Teresa.
También pudo retirarse a León,
al monasterio femenino de San Salvador de Palaz de Rey,
que desde 1076 pertenecía a Cluny.
En 1091 firma una permuta con la catedral de León,
definiéndose a sí misma como monja:
«Ego ancilla ancillarum Dei comitissa donna Tarasia».
En 1093 fallecía y era enterrada en el atrio de la iglesia prioral,
quedando registro en los necrologios cluniacenses.

En época tardomedieval sus restos empezaron a ser venerados
y fueron trasladados al interior de la iglesia.

En 1620 fueron colocados en su ubicación actual,
en el presbiterio, en un lugar alto y poco accesible,
en la pared lateral superior, a la derecha del retablo,
bajo un arcosolio.


Hacia 2006, al instalar un andamio para unas obras,
se pudo subir y observar de cerca y en detalle el sepulcro,
constatándose la conservación del epitafio que se creía desaparecido,
aunque una estatua orante cubre parte del mismo.

Dice la traducción del epitafio:
«Mujer amada de Dios yace en esta sepultura, la condesa Teresa.
Murió a los nueve días del mes de junio
y por sus méritos la deben llorar todos.
Edificó la iglesia, el puente y el hospedaje para los peregrinos.
Siempre frugal para sí misma y generosa con los pobres.
Dios trino, que reina en todas partes, le conceda el reino eterno.
Murió en la Era de 1131».
Según el epitafio, Teresa murió el 9 de junio de 1093.

En el muro opuesto y a la misma altura, en otra hornacina,
se encuentra el arca que contiene las reliquias de San Félix,
una urna plateada del siglo XVIII.
En la parte posterior, y oculta por el retablo,
hay otra arca similar, con las reliquias de San Zoilo.


Nada queda de la primitiva construcción financiada por Gómez Díaz.
Los restos más antiguos conservados
corresponden ya a la reconstrucción cluniacense.
Teresa pudo haber sufragado la primera iniciativa
en compañía de su marido
y, una vez viuda, financiar en solitario la segunda, románica.


El matrimonio tuvo siete hijos:
tres hombres, Fernando, Pelayo y García,
y cuatro mujeres, María, Sancha, Aldonza y Elvira.
Todos ellos enterrados en San Zoilo.


En el Cantar de Mio Cid, se alude a Fernando González
y un hermano suyo al que el Cantar llama Diego González;
se les da el título de Infantes de Carrión,
bien porque su madre descendía de Ramiro III y de Bermudo II,
bien porque pertenecían a la llamada nobleza de infanzones.
En el siglo XIII Rodrigo Jiménez de Rada señalaba:
«Hi omnes dicuntur vulgariter Infantes de Carrión».
En el Cantar los Infantes ayudan al Cid a conquistar Valencia,
casan con las hijas de Rodrigo Díaz,
y, tras atemorizarse por un león y ser ridiculizados,
ultrajan a las hijas del Cid y las abandonan en el Robledal de Corpes;
su padre, Gonzalo González, se queja
de que Alfonso VI en las Cortes de Toledo permita un enfrentamiento
de los representantes del Cid contra sus hijos
en la Vega del Carrión.
Se ha considerado que esta historia fue una invención
para socavar el prestigio de la alta nobleza infanzona,
muy cercana a los monarcas;
un relato apócrifo en el que subyace el antagonismo
entre los antiguos grandes magnates
(la nobleza de cuna, con sus privilegios señoriales heredados)
y los nuevos hombres de frontera
(la nobleza de mérito, con su lucha por el ascenso social);
además de plasmar la tensión entre los reinos de León y Castilla.
El anónimo autor del Cantar eligió la ciudad de Carrión
como sede de una nobleza fácilmente reconocible;
Carrión, y en ella el priorato de San Zoilo,
guardaba la memoria de una estirpe contemporánea del Cid
y además se encontraba en un territorio fuertemente leonizado
debido a la implicación de los Banu-Gómez
en los acontecimientos de ese reino.
El Cid constituye la reivindicación castellana
y la defensa de la nueva nobleza
frente a esos viejos linajes próximos a lo leonés.
Los magnates recordados en Carrión representaban el contrapunto
del héroe Rodrigo Díaz de Vivar.
A fines del siglo XII, durante el reinado de Alfonso VIII,
Pedro Fernández de Castro,
descendiente de los Castro-Ansúrez / Banu-Gómez,
mantuvo una actitud de permanente enfrentamiento a Castilla,
lo cual a su vez provocó la animadversión de los castellanos
hacia don Pedro, la familia Castro y toda su estirpe.
Tal podría ser la motivación del autor del Cantar.

En el siglo XVII Antonio de Yepes,
en su Crónica General de la Orden de San Benito,
quiso defender a los benefactores del monasterio de San Zoilo
y limpiar su memoria de esos bulos.
Argumentó que los infantes se apellidaban Gómez y no González,
que el llamado Fernando murió en 1083, y por lo tanto
no pudo ayudar al Cid en la toma de Valencia, que fue en el 1094,
ni pudo casar con una hija del Campeador;
tampoco se pudo quejar su padre
del reto que se propuso en las Cortes de Toledo,
pues casi 40 años antes de la toma de Valencia había fallecido.
Ni las hijas del Cid se llamaban Elvira y Sol,
sino Cristina, que enlazó con el infante de Navarra, Ramiro,
y María, que casó con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer.

Los hijos de Teresa y Gómez no heredaron el condado de Carrión.
Durante el reinado de Alfonso VI
los hijos del hermano de Gómez, Asur o Ansur Díaz,
tenente del condado de Monzón,
ocuparon un lugar más importante que sus primos,
sobre todo Pedro Ansúrez.


El primogénito de los condes fue Fernando Gómez.
Sin embargo, y pese a haber sido el portador de las reliquias,
Fernando no ocupó ningún cargo relevante en la curia de Alfonso VI
y en 1074 el rey designó conde de Carrión
al primo de Fernando, Pedro Ansúrez.

El único documento importante en el que don Fernando aparece
es el de la consagración de la catedral de León
el 10 de octubre de 1073,
donde figura en compañía de sus hermanos Pelayo y García.

Hay quien ha identificado a este Fernando Gómez
con un personaje castellano homónimo
que ocupó las tenencias aragonesas de Ara y Peña
entre 1083 y 1086;
habría ocurrido, según tal hipótesis,
que Fernando, tras entrar en conflicto con Pedro Ansúrez,
habría marchado a la corte aragonesa de Sancho Ramírez,
donde habría fallecido hacia 1086.


El segundo hijo de los condes fue Pelayo.
Entre sus descendientes pudo estar Gómez Peláez,
personaje histórico de comienzos del siglo XII
que es mencionado en el Cantar de Mio Cid (verso 3457)
como miembro del bando de los infantes de Carrión.


El tercer hijo fue García.
Aparece documentado en el entorno regio.

En función de los epitafios copiados en el siglo XVII
se apunta la existencia de otro hijo de los condes, Diego Gómez.
Pero el documento que relaciona la progenie de los condes
sólo registra tres hijos varones.
Lo indicado en la copia del epitafio debe ser una equivocación.


En cuanto a las hijas de Gómez y Teresa
(María, Sancha, Aldonza y Elvira),
su relevancia social probablemente fue considerable
y todas aparecen designadas en sus epitafios como condesas.


Otro personaje enterrado en San Zoilo
es el conde Fernando Malgradiense
(«Consulis illustris Fernandi Malgradensis»).
Por su apelativo debía de ser tenente (“consul”)
del castillo de Malgrad, junto a la ciudad de Benavente.
En su epitafio sólo figura el nombre de pila y la tenencia,
por lo que no está clara su identidad.
Se ha pensado que pudiera ser miembro de la familia Banu-Gómez.
Debió de ser un personaje relevante,
pues figura en los principales documentos de donación a Cluny
por parte de la familia real
y aparece también como miembro de la schola regine,
es decir, como parte de la comitiva de Urraca.
Quizás sustituyó a Pedro Ansúrez (muerto hacia 1118)
en la tenencia de Carrión.
Pero su gobierno sería más simbólico que real,
pues entre 1110 y 1127 la plaza estuvo
bajo el dominio del aragonés Alfonso el Batallador
y en esos años el tenente de Carrión fue
el conde Bertrán o Beltrán de Risnel, sobrino de Alfonso.
Don Fernando sólo gobernaría
en las breves recuperaciones de la ciudad por las tropas de Urraca.
De hecho, el priorato de San Zoilo secundó la causa de la reina,
frente al apoyo de los burgueses de Carrión al Batallador.
La entrega por parte de Urraca del monasterio de Frómista,
perteneciente al patrimonio regio,
pudo ser una muestra de agradecimiento.
En 1087 la condesa Aldonza Gómez, hija de los condes fundadores,
realizó una donación
«cum filiis meis Ferrando Ferrandez et Elvira Monioz»;
es posible que este Fernando fuera el tenente de Malgrad,
hijo por tanto de doña Aldonza.
En 1117 el conde Fernando Fernández
casó con una de las hermanastras de la reina,
una de las hijas ilegítimas del rey Alfonso VI,
la infanta Elvira Alfonso, nacida de Jimena Muñoz.
Con anterioridad Elvira se había casado con Raymond IV de Toulouse
y marchó con él a la Primera Cruzada (1098);
en 1105 quedó viuda y regresó a Toulouse con su hijo Alfonso Jordán
para hacerse cargo del condado occitano;
tiempo después retornó a León.
Por razones desconocidas, el matrimonio se deshizo hacia 1121,
motivo por el cual los restos de él se encuentran en Carrión
mientras los de ella reposan en Sahagún.
El magnate murió en 1126 (el mismo año que la reina Urraca)
y fue inhumado en el panteón condal de sus antepasados.


También está enterrado en San Zoilo un tal Gómez Martínez,
quien según su epitafio murió en 1090
durante una confrontación con los musulmanes.
Puede tratarse de un hijo de una de las hijas de los fundadores,
casada con Martín Alfonso, influyente cortesano de Alfonso VI.
Se ha apuntado que el Diego Gómez
que aparece en la copia del epitafio como hijo del conde Gómez Díaz
puede ser en realidad hijo de Gómez Martínez.


Hay otro epitafio, muy deteriorado y apenas legible, de hacia 1100,
en el que sólo se identifican unas pocas palabras:
«HIC IACET IN ... EXIRVIT XTO».


Existen otros enterramientos de los siglos XI y XII
en los que se ha querido identificar a los infantes de Carrión cidianos
(Diego y Fernando González),
que serían hijos de uno de los hermanos de Pedro Ansúrez, Gonzalo,
y no de Gómez Díaz.
En cualquier caso, la información sobre ellos es escasa,
más allá de que aparecen confirmando documentos
entre los años 1095 y 1103.
Ninguno de ellos, ni su padre, ostentaron el título condal.


Además del linaje Gómez / Ansúrez,
posteriormente otras familias nobles
recibieron enterramiento en San Zoilo,
como la de los Lara, que también poseyó dominios en Carrión
y a la que perteneció Alvar Fernández Podestat,
cuyo sepulcro se conserva en San Zoilo.


Además del panteón condal como espacio funerario,
existía en el priorato otra zona de enterramientos: el claustro.
Quizás con el tiempo en él fueron inhumados
otros miembros de la familia de los condes de Carrión.
En el siglo XVI el claustro románico fue sustituido
y no quedó rastro de los enterramientos allí realizados.
Puede que algunos de los sepulcros de los siglos XII y XIII
conservados en la iglesia
procedan de ese claustro desaparecido.

*** 


El panteón funerario de San Zoilo
alcanzó su más alta relevancia política a finales del siglo XI
y comenzó a declinar a mitad del siglo XII
(al mismo tiempo que la orden cluniacense entraba en decadencia).
Lo que se conserva de las tumbas permite reseñar el recorrido
de una de las familias más prestigiosas de León y Castilla
durante casi un siglo, de mediados del XI a mediados del XII.
Tres generaciones que quisieron perdurar en el recuerdo
y definir su identidad de grupo
y configuraron para ello su propio espacio de memoria.

*** 


Del edificio románico cluniacense poco queda,
pues ya a finales del siglo XIII amenazaba ruina
y a lo largo del siglo XIV fue reconstruido.


En los siglos XIII y XIV el monasterio vivió tiempos de declive.
A mediados del siglo XV se independizó de Cluny
y se integró en la congregación de San Benito el Real de Valladolid.
Entonces se destruyó el claustro antiguo y se construyó el actual
con la pretensión de grabar en piedra la historia de los benedictinos.


Hacia 1570, con el fin de despejar el área funeraria,
se enterraron los dieciséis sepulcros,
dejando a ras de suelo las laudas.
Ello provocó la progresiva erosión de sus epitafios.
«Había en esta capilla muchas sepulturas
de los hijos de los Condes y de otros caballeros,
y un abad las metió debaxo de tierra,
para que se pudiese andar por la capilla,
y pisando las tapas de las arcas de piedra se gastaron las letras,
de manera que yo no las pude leer».

Cuando los monjes se dieron cuenta del problema,
decidieron copiar los epitafios.
Y en la transcripción se produjeron errores.

En 1786 se reconstruyó la anteiglesia,
las lápidas se sacaron del pavimento
y se colocaron en los muros laterales de la nueva capilla
y algunos epitafios se reprodujeron en las paredes de estuco,
a modo de nichos.

*** 


A lo largo del siglo XIX, el territorio de Carrión,
donde abundaban los monasterios,
se vio muy afectado por las leyes de exclaustración
que se inician con José Bonaparte.
La comunidad de San Zoilo fue suprimida en 1836.
En 1854 el edificio fue entregado a los jesuitas,
que lo convirtieron en colegio;
aquí establecieron los jesuitas, por primera vez en España,
los estudios de bachillerato.

*** 


En 1860 una comisión de la Academia de Bellas Artes
pudo ver las sepulturas a través de una abertura
y solicitó a la comunidad jesuita que las extrajera,
dado su valor escultórico,
pero la solicitud no fue atendida
(«debemos contentarnos con que, hasta mejor época,
queden así preservados
del espíritu destructor que cunde por todas partes»).


En 1947 fueron recuperados los once sepulcros hoy expuestos.
Se pueden clasificar en dos grupos:


Los más antiguos corresponden a la familia condal;
son sepulcros lisos de finales del siglo XI y comienzos del XII,
en los que las inscripciones prácticamente se han perdido.
Los más tardíos, del siglo XIII, están decorados,
las cajas están labradas y sobre las tapas hay estatuas yacentes.


Uno de los sarcófagos aparece firmado por Pedro Pintor,
artista que dio origen a la famosa escuela de canteros de la zona.
(Años más tarde Antón Pérez de Carrión esculpiría
los sarcófagos de los infantes de Villasirga).


La firma del maestro figura en la arquería trilobulada
existente sobre la cabeza de la escultura del sarcófago;
la heráldica de la casa condal decora el borde de la losa.


En 1959 los jesuitas devolvieron el edificio a la diócesis de Palencia,
que lo utilizó como seminario hasta 1986.

En 1992 el obispado vendió el inmueble,
que ha sido convertido en hotel.


En 1993, durante unas obras, se descubrió, en la capilla galilea,
la portada románica que se creía desaparecida,
pero que había permanecido “emparedada”
tras la reforma del templo en el siglo XVII.


La portada corresponde al llamado “Románico Dinástico”,
el más antiguo arte escultórico románico elaborado en Hispania,
por impulso de Ramiro I de Navarra y sus inmediatos sucesores.


Uno de los capiteles de la portada
recoge el episodio de Balaam que narra el libro de los Números:
Balaam fue enviado por el rey de Moab para maldecir a los israelitas;
cuando se dirigía a cumplir el encargo,
su burra se detuvo en mitad de un viñedo
y no hubo forma de hacerla continuar;
el motivo era que un ángel, con una espada de fuego en la mano,
le cerraba el paso, aunque Balaam no lo veía.
El mensaje del capitel es:
nos estamos acercando a la presencia de Dios, a un lugar sagrado,
aunque a veces el hombre es incapaz de advertirlo.


Tras la recuperación de la portada,
se desmontaron las lápidas de las paredes
y se reubicaron, junto con las cajas,
en el interior del templo, a los pies, bajo el coro,
donde se hallan en la actualidad.


A través de la portada se accede al interior
y lo primero que se encuentra son los sarcófagos
que originalmente estuvieron tras el hastial, en la capilla del atrio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario