sábado, 18 de julio de 2015

BURGOS. Catedral. Capilla de la Purificación



En la catedral de Burgos, en la Capilla del Condestable,
fue enterrado su benefactor,
don Pedro Fernández de Velasco, Condestable de Casilla,
y su mujer, doña Mencía de Mendoza.
En los muros se conservan los sepulcros de un par de obispos.


PEDRO FERNÁNDEZ DE VELASCO


«Don Pedro Fernandez de Velasco, hijo de otro D. Pedro, Conde de Haro, y de Doña Beatriz Manrique, nació, según puede colegirse, en Búrgos el año de 1425.


Su padre, sugeto respetable en Castilla por su linage, por su valor y poderío, y por la autoridad de su consejo, le educó conforme á su calidad y circunstancias. Instruido en las letras humanas, pasó á exercitarse en el arte de la guerra, en el que se hizo famoso aun antes de salir de la patria potestad.


Fuera de ella, y casado ya con Doña Mencía de Mendoza, hija de D. Íñigo López de Mendoza, Marques de Santillana, mereció tanto la estimación de D. Juan II, que á pesar de no serle afecto su gran privado D. Alvaro de Luna, jamas se trató de negocios de armas que no se contase con él.


Principal caudillo de mucha gente que en ocasiones mantenía su padre en defensa del Estado, se manejó con tal cordura, que, como dice un cronista de su tiempo, apénas fizo cosa que de notársele fuera.


Aunque amigo de sus amigos D. Pedro Fernandez de Velasco, no lo era de modo que, como le censuraron algunos, le apartase la amistad de sus deberes.


Quando se le motejaba de apasionado del Almirante D. Fadrique, se le vió en Olmedo trabajar al lado de su padre por templar su acaloramiento contra la privanza de D. Alvaro de Luna, que él mismo no aprobaba; y no pudiendo reducirle, ni apartarle de la facción del Rey de Navarra y del Infante D. Henrique, peleó vigorosamente contra todos, y como buen vasallo celebró su derrota y la prisión del Almirante; y aunque después hizo grandes sacrificios por reparar su desgracia, fue uno de los que mas contribuyeron á destruirle.


Esta conducta, que le puso á cubierto de toda censura, y de la que no podía desentenderse la Corte, le hizo un lugar muy distinguido en el corazón del Rey, y desarmó á la malicia de sus contrarios.


Con todo, el poder de D. Alvaro de Luna le privó de muchas satisfacciones de que era digno, y que no pudo disfrutar hasta el reynado de D. Henrique IV.


Exaltado al trono este Príncipe, la casa de Velasco, que había mediado entre él y su padre para terminar sus ruidosas desavenencias, fue tratada con singular estimación; y su primogénito D. Pedro, á quien D. Henrique amaba particularmente, se hizo dueño de su confianza, y procuró conservarla á toda costa.


Dispuesto siempre á complacer al Rey en la Corte, lo estaba igualmente á salir á la campaña, y á rehusar el reposo mientras no veía levantar el campo al enemigo.


Su constancia era inimitable: herido en un encuentro por los Moros de Granada, sin acabar de curarse, se vengó haciendo estragos en los de Gibraltar y Archidona, quando estas plazas se rindieron á las armas de Castilla. Era tal su odio á los Mahometanos que le hacia temerario; y por mas que su suegro, el Marques de Santillana, se lo había hecho conocer, siendo bien jóven, en la toma de la plaza de Hüelma, difícilmente podia contenerse y casi siempre arriesgaba su vida ó su libertad quando peleaba con ellos.


Pasados los primeros años del reynado de D. Henrique, se comenzó a turbar la paz de sus vasallos. Descontentos algunos de su gobierno, le negaron la obediencia, y proclamaron escandalosamente en Ávila á su hermano D. Alfonso.


Entonces fué quando D. Pedro dió mayores pruebas de valor y lealtad: sordo á las seducciones de los insurgentes, desconcertaba sus proyectos, y debilitaba sus fuerzas. En vano crecía su partido; en vano alguna vez lograban ventajas sobre el exército fiel: D. Pedro con los suyos frustraba sus ideas; y por último en la batalla que diéron á la vista de Olmedo, con harto buen suceso al principio, les arrebató de las manos la victoria, les deshizo, y aseguró en el trono á D. Henrique.


Muerto su padre, y puesto en posesión de su casa, la dió nuevo lustre con los servicios que continuamente hacia á la Corona, y con las mercedes que en recompensa recibia de la liberalidad del Rey.


No era ambicioso: si esta pasión le hubiera dominado, ninguno en su tiempo tuvo iguales proporciones de satisfacerla. El título de Condestable de Castilla le pretendió sin afán; y si celebró el conseguirle, fue solo por creer que le facilitaría el descanso que ya deseaba.


En efecto, obtenido, pensó en retirarse; pero ciertos resentimientos con el Duque de Náxera le metiéron en una guerra odiosa, que costó mucha sangre á las dos familias, y se lo estorbaron; y la muerte del Rey, que sobrevino, le empeñó de nuevo, y cambió sus miras.


Aunque los alborotos acaecidos en Castilla, de los que aun no se habian sosegado los ánimos, llamaron la atención de la Reyna Doña Isabel, sucesora en el cetro de D. Henrique, lo que mas cuidado dió á esta célebre Heroina fué la conquista del territorio Español que sufria el yugo Sarraceno: decidióse á ella, y conociendo el valor y pericia militar del Condestable, le volvió al teatro de su gloria.


No habia olvidado el Condestable la sangre que le habian hecho perder los Moros de Granada, é insaciable de la suya, tuvo el gusto de verla correr copiosamente, y embotarse en ella muchas veces los filos de su espada. Por mas convencida que estuviese la Reyna de los grandes servicios de este varón ilustre, los que contraxo en esta ocasión fuéron tales, que le grangeáron mayores honras que las que hasta entonces habla recibido.


Envióle con su gente y algun pequeño auxilio á contener la ambición de los Portugueses, que aspiraban á extender sus dominios en Castilla; y concluida con honor de sus armas esta empresa, le confió el Vireynato del Reyno junto con su cuñado el Almirante D. Alfonso Henrique, y después á él solo.


No ménos político que militar el Condestable, desempeñó este cargo como debía esperarse de su zelo.


Pero debilitada su salud con los trabajos continuos de la guerra, y la poca sobriedad de su vida, cayó en una languidez que le conduxo al sepulcro el 6 de Enero de 1492, á los sesenta y siete de su edad, estando en Búrgos.


Dexó dos hijos y quatro hijas, y se mandó sepultar en la magnífica capilla que por dirección de su muger se había construido en la Catedral de dicha ciudad.»


[Retratos de Españoles ilustres, con un epítome de sus vidas
Anónimo
Madrid, 1791]